jueves, 2 de octubre de 2008

Cemento

Allí dejaban todo su tiempo, doce horas de trabajo al día, entraban a las seis, salían a las seis. La monumental obra estaba lejos de casa, dos horas de ida, dos horas de vuelta. Eran tantos. No se conocían, ni conocían el verdadero fin de aquello que hacían. No había mas realidad que aquella, no había mas sociedad que aquella, no había mas que hacer que aquello. Martillos, picos, palas, cemento. Gritos, corridas, cargas de bolsas. Hacer esto una y otra vez, sin música, sin sensaciones, sin descanso. Las manos se ensuciaban todos los días para siempre, el rostro se endurecía y la aventura de vivir se apagaba.

Era la gran represa, la que causaría admiración, la que sería un símbolo, la que todos esperaban. La gran represa, la que se llevaba el tiempo, la que destrozaba historias, la que apagaba vidas, la que estaba en manos de ellos a cambio de un poco de comida.
Parados en las columnas, echando cemento para levantar paredes, para crear el fondo. Allí cae uno en aquella fresca pasta gris. Gritos y gritos mientras se evoca a la arena movediza de los cuentos. Gritos y más gritos. Nada se puede hacer, nadie hace nada. Se hunde despacio, mientras alguien propone un minuto de silencio por la futura pérdida de un alma del mundo. Los gritos se ahogan, y el descenso sigue en las profundidades de aquel pequeño mar. La boca se llena de gérmenes de piedra, los ojos arden, los brazos inmóviles y ya no hay lugar para la respiración. Los que siguen vivos digieren como pueden la imagen que se convierta poco a poco en pesadilla. Esperan un momento, algunos suspiran y de repente, vuelven a echar el cemento, como intentando que eso lo haga olvidar todo. Todos los días tendrán que volver. Y el cuerpo eterno en la pared, un alma quizás presa y vedada al escape divino y celestial, una luz enterrada.
El trabajo sigue por días y días, por meses y meses, dando lugar a que cualquiera sea decapitado por la señora de negro con la que todos alguna vez se encuentran, la muerte, esa que ya no se satisface porque hay muy poca energía en esos hombres cansados y tristes. Hombes que mueren por nada, que viven muriendo. O tal vez ni viven, ni mueren. Son sólo cemento.


2006.

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