domingo, 19 de octubre de 2008

Adiós

No era el encierro lo que me asfixiaba sino el anhelo de salir que en mi mente se frustraba al encontrase con mi miedo a la gente. Esa flaqueza a integrarme en la sociedad era tal que de niño, mi máximo contacto con el mundo era mirar hacia las calles por las ventanas que yo mismo empañaba con mi respiración.
Timidez era la palabra que más detestaba; era algo que me daba pavor enfrentar. Creí en muchas noches de insomnio y de lloviznas en mi cabeza que mi timidez era invencible y sería perpetua. Jamás me planteé combatir esa barrera de melancolía que me alejaba de lo más maravilloso: las relaciones humanas. Llegó el momento en que de día sólo miraba televisión y de noche derramaba lágrimas. Cada madrugada, para dormir con holgura debía sacar la cubierta de tela empapada de mi única consejera, la almohada. Otra cosa que siempre procuré fue simular felicidad ante ustedes para que yo no fuera un problema más en sus atareadas vidas.

Cuando comencé el secundario, los pensamientos para el éxito social, elaborados en instantes gloriosos antes de dormirme, se convertían en palabras ahogadas y sin sentido al toparme cara a cara con el primer ser humano. Comprendí que siempre sería igual. Mi deseo de descansar de los que me juzgan sin razón y de mis propios miedos de cómo aparentar me lleva a tomar esta cruenta decisión. Hoy todo se acaba. Fueron unos excelentes padres y nada podrían haber hecho al respecto. Todo mi sufrimiento es a causa de mi timidez nata. Obviamente los quiero más que a mi vida.
- Como tantos lo habían hecho, el adolescente, confundido, hizo un bollo el papel en el que escribía y lo arrojó al suelo.
Lloró. -

2003.

domingo, 12 de octubre de 2008

El Pozo

Cayó todo: cayó la familia, cayó su casa, cayeron sus muebles, cayeron sus pertenencias, cayó su vida. Todo por un pozo sin fin, un pozo que tenía un principio inesperado y un final inexistente. Era un túnel vertical, en el que podrían vivir hasta tocar la marca límite, que podía ser el cansancio, el hambre o un golpe en la cabeza.
En aquel hoyo cabía la superficie total de la casa de esta familia, familia que fue sorprendida en un simple día. Todo se cayó; cayó su baño, cayeron sus habitaciones, cayó la cocina de mamá. Pero a la velocidad que la casa y sus cuatro integrantes iban, al chocar con las paredes del sumidero, la casa se iba despedazando. Primero se perdieron las paredes, luego el piso, el inodoro, y así iban quedando cada vez con menos cosas.
Con el tiempo, los objetos por encima de sus cabezas eran cada vez más, ya que al momento de rozar con la pared, ya sea una silla, la mesa del salón de estar, o el aro de basketball, se retrasaban en esta carrera hacia un posible fondo, y se los podían ver varios metros más arriba. Finalmente con los días desaparecían en la lejanía.
El padre, muy ingenioso, buscó varias sogas que tenía desde los tiempos en que era un boy-scout, y las llevo consigo por si alguno de sus tres seres queridos se acercaba a los costados del pozo.
Una vez comido todo lo que había, la madre notó que pequeñas algas estaban adheridas a lo largo del túnel. Día tras día, ayudada por las sogas de su esposo, arrancaba varias de estas plantas con abundancia de sosa y yodo.
Por el agua no se preocupaban, porque de vez en vez se encontraban con la que había llovido hacía algún tiempo. Hubo momentos en los que tenían que vivir un tiempo junto a sus pedazos de materia fecal, ya que el baño se había quedado en el camino. Pero en fin de cuentas sobrevivían.
Y así vivieron un tiempo; un tiempo que no lo podían ni medir, ni podían quejarse de él. Sólo esperaban encontrar el fondo y reventar inadvertidos
.

2003.

jueves, 2 de octubre de 2008

Cemento

Allí dejaban todo su tiempo, doce horas de trabajo al día, entraban a las seis, salían a las seis. La monumental obra estaba lejos de casa, dos horas de ida, dos horas de vuelta. Eran tantos. No se conocían, ni conocían el verdadero fin de aquello que hacían. No había mas realidad que aquella, no había mas sociedad que aquella, no había mas que hacer que aquello. Martillos, picos, palas, cemento. Gritos, corridas, cargas de bolsas. Hacer esto una y otra vez, sin música, sin sensaciones, sin descanso. Las manos se ensuciaban todos los días para siempre, el rostro se endurecía y la aventura de vivir se apagaba.

Era la gran represa, la que causaría admiración, la que sería un símbolo, la que todos esperaban. La gran represa, la que se llevaba el tiempo, la que destrozaba historias, la que apagaba vidas, la que estaba en manos de ellos a cambio de un poco de comida.
Parados en las columnas, echando cemento para levantar paredes, para crear el fondo. Allí cae uno en aquella fresca pasta gris. Gritos y gritos mientras se evoca a la arena movediza de los cuentos. Gritos y más gritos. Nada se puede hacer, nadie hace nada. Se hunde despacio, mientras alguien propone un minuto de silencio por la futura pérdida de un alma del mundo. Los gritos se ahogan, y el descenso sigue en las profundidades de aquel pequeño mar. La boca se llena de gérmenes de piedra, los ojos arden, los brazos inmóviles y ya no hay lugar para la respiración. Los que siguen vivos digieren como pueden la imagen que se convierta poco a poco en pesadilla. Esperan un momento, algunos suspiran y de repente, vuelven a echar el cemento, como intentando que eso lo haga olvidar todo. Todos los días tendrán que volver. Y el cuerpo eterno en la pared, un alma quizás presa y vedada al escape divino y celestial, una luz enterrada.
El trabajo sigue por días y días, por meses y meses, dando lugar a que cualquiera sea decapitado por la señora de negro con la que todos alguna vez se encuentran, la muerte, esa que ya no se satisface porque hay muy poca energía en esos hombres cansados y tristes. Hombes que mueren por nada, que viven muriendo. O tal vez ni viven, ni mueren. Son sólo cemento.


2006.

domingo, 20 de julio de 2008

Éxodo

Hacía ya treinta años desde que escuché por primera vez el acuerdo firmado por el presidente. El paso del tiempo, el olvido natural y la sucesión de cinco mandatos habían convertido aquella promesa en un rumor, semejante a un sonido del viento. Era un día caluroso de un verano remoto en el que jugaba a la pelota con mis compañeros de la escuela número 12, cuando mi abuelo me llamó desde un banco de la plaza y me anunció, con las mismas palabras del jefe de estado, el mensaje prepotente que torcía los destinos de un pueblo maderero: “La misma vida y la misma gente, en un ámbito moderno. Un esfuerzo por el bien y el futuro próspero de todos”. Mi abuelo tuvo que explicármelo más de una vez y de las mil maneras, porque semejante historia no era más que una fábula extravagante para un niño de seis años como yo lo era. Nos mudábamos, y no sólo mi familia, sino todo el pueblo; mis parientes, mis amigos, mis vecinos y hasta el intendente.
El presidente había firmado un acuerdo para la utilización y aprovechamiento de nuestro querido río. En esa época yo no entendía en qué más podría aprovecharse, que en largas tardes de baño y diversión, o en las noches de pesca que mi padre celebraba con mi tío, o en los viajes en velero con el abuelo de mi mejor amigo; pero en esos días escuché por primera vez las palabras “energía hidráulica”.
El gran proyecto que nos favorecía a todos era una enorme represa en uno de los saltos del río. Ésta abastecería a miles de personas con energía, pero llevaba a una cruel consecuencia para unos pocos, los míos: la inundación casi total de nuestro pueblo. El miedo que me invadió aquél día me estremeció el alma, pero se fue debilitando poco a poco con los avances inexistentes de aquél plan. De ser una noticia que estaba en la boca de todos en los días de mi infancia, pasó a convertirse en una anécdota irreal y cómica en mis noches de parranda adolescente.
Por supuesto seguí con una vida como cualquier otra, con una juventud pura, como se da en todo pequeño pueblo. Me enamoré, planifiqué mi vida a mi gusto, estudié en la gran ciudad, y volví a mis orígenes para casarme y tomar las riendas de la pequeña empresa que manejó mi padre y mucho antes mi abuelo.

Qué sensación de desolación y vacío, aquella noche que debería haber sido las más feliz de todas. Procuré abrir la puerta de mi casa sin provocar demasiado ruido porque mi esposa dormía. Sin embargo me la encontré parada frente a mi y radiante, con una noticia entre dientes:”¿Cómo le va, futuro papá?”. Y viendo mi cara de actor de segunda, que esbozaba una sonrisa pero con los ojos más tristes, preguntó sin vueltas. “¿Qué pasó?”. Me dolía el estómago, la cabeza, las piernas, y se me venía abajo el mundo al tener que darle la primicia en tan célebre día. Pero se lo escupí. “Nos inundan el pueblo amor, nos ahogan a todos”.
El nuevo pueblo, que empezaban a construir en unos días, estaría al otro lado del arroyo, a unos treinta minutos del cementerio, que era lo más lejano que uno podía llegar caminando desde el centro. Nos prometían casas modernas, amobladas, con cocina eléctrica y calefones de última tecnología. Además, ya había planos de edificios públicos de una arquitectura vanguardista. El falso regalo no halagó a nadie. Desde que se reabrió el proyecto y se decidió el comienzo de las obras mi mente, que intentaba vislumbrar mi destino frente al nuevo horizonte, se batía a duelo con un corazón, ya herido, que volvía al pasado cada dos por tres y no dejaba lugar para nuevas emociones, desconcertado ante su historia en ruinas.
La mañana en que conocí el nuevo hábitat de casas iguales y jardines desérticos, viví el éxodo como un hurto total de la identidad de cada uno. La casa que había moldeado con parsimonia, año tras año, conforme a mis gustos y elecciones, se convirtió en un mosaico más de una insulsa habitación.
Los lugares que materializaban mis recuerdos y eran un vehículo nostálgico del pasado en los días de melancolía, quedarían sepultados en las sucias aguas del progreso. Y aun más triste, mi hijo que venía en camino jamás vería las postales que mis ojos amaban.
La fatídica jornada que se nos anunció con tanta anticipación que se volvió una sorpresa, llegó una semana posterior al nacimiento de mi primogénito.
Éxodo y masacre. Cientos de muertes de los reinos animal y vegetal, y tal vez de algún feligrés que no quiso traicionar a la tierra que lo parió y murió ahogado en algún recoveco. El perecimiento de la primera mitad de la vida de todos. Porque ya fuéramos niños, adultos o ancianos, ese momento nos diseccionaba a cada uno de los lugareños.
Y mientras el valle histórico se llenaba de agua con nuestras lágrimas, la iglesia, la plaza, el barcito de la esquina, la estación de ferrocarril, y cada uno de nuestros cálidos hogares, se volvían difusos puntos en un monótono lago.


2008.

sábado, 12 de julio de 2008

Distancias




Cuántas distancias imperceptibles sorteadas
para un amor del mismo tiempo y espacio;
son más que coincidencias románticas y universales
definidas en el gran espectro de las disimilitudes.

Salvados de una vuelta al mundo o países lejanos;
de ciudades sin nombre, aromas sin familia y otros cantos.
Sabores exóticos, miradas oscuras o tonadas extrañas;
ideas sin vueltas, costumbres contrarias, conceptos alternos.

Y cuántos amores nunca dados, lejanos en el tiempo
porque podrían ser diversas eras o eternos milenios;
un efímero siglo, o tan sólo veinte fugaces años;
o perversos días que rompen el primer encuentro.

Y feliz, enamorado de tus ojos y de tus labios,
doy gracias de la inmensa gentileza del destino,
porque siento que en soledad hubiera vagado
en otro lugar en que no estuvieran también tus pasos.

2007.


jueves, 10 de julio de 2008

Lejos del Sonido

Necesitaba el espacio solitario que enmudeciera al mundo, y cediera a la melodía de los poetas, los artistas y los iluminados; una iluminación más tímida y misteriosa que ocultara ciertos objetos que no es preciso ver y que todo se fundiera en un estilo como consecuencia de la falta de nitidez; un lugar exento de la putrefacta humedad y los olores vulgares, absorto de las realidades que no dan espacio a controvertidas historias y que son maleza de baldío; lograr el olvido de los problemas pequeños que desembocan en el hastío y nadar en aquellos existenciales que tan sólo podrían llevarlo a la tormenta, las llamas, la demencia o el suicidio.
Las insoportables llaves girando en los cerrojos, abriendo y cerrando el paso de los indeseables y de la mismísima perturbación encarnada. El chirrido de esa cadena de baño que cumple con su deber, expulsando a la suciedad hacia remotos escondites, aquellos a los que en la oscuridad de su alma a veces deseaba estar. Y sobre las notas que él intenta utilizar como transportador hacia una majestuosidad inhóspita, otras notas, otras que lo atan sin remedio a un mundo ridículamente coloreado, un mundo fuera de las manos de su creador, de su primer dueño. Cuando ya no lo soporta, y se encuentra con las manos en su cabeza, desgastada su mente y su paciencia, promete modelar el espacio que le produzca sensaciones semejantes a la de aquel lugar que aparece tanto en sus sueños más deliciosos como en sus pesadillas más pervertidas, y que cada mañana cuando abre sus ojos, le hacen desear no soltar la soga atada a aquel árbol de ramas retorcidas formando caracoles y que nacen a los costados de los senderos de las vidas oníricas. Alguien como él debería poder reclutarse en lo absoluto del silencio y encender los motores de creación, visitar los cielos y los inframundos que se amontonan en su cabeza atiborrada de recuerdos e imágenes. Pero sabe y se dice a sí mismo que su voluntad no es tan endeble como su genio, y que sus piernas y su boca no son tan intrépidas como la labia que articula para sus adentros y lo lleva a escribir en versos endecasílabos y rima asonante. Entonces vuelve a caer en una trampa sin defectos que pareciera estar cronometrada y es la más precisa en sonar y destruir cada uno de sus castillos de naipes. En un caluroso domingo, al que pareció faltarle la seductora y fresca noche, llegó la pesadumbre de una siesta decidida a corroer el buen ánimo de quien no se atreviera a abandonarse a las camas hirvientes y a los ronquidos sin historias por detrás. Su madre deliraba, su padre fanfarroneaba, su hermano sobraba. Todos peleaban. El timbre sonaba fuera de ritmo, la radio cantaba con aullidos punzantes, los cerrojos giraban pero nadie entraba ni salía, los perros en patios entre lejanos y vecinos le ladraban a nadie, y un demoníaco afilador de cuchillos babeaba su sicus con soplidos interminables. Su corazón pareció entonar un Re y dio un gran alarido, suplicando el cese de las hostilidades sonoras, sabiendo que no serviría para nada más que ser incluido en la sarta de reproches que volaban sin control golpeando a cualquiera de los presentes. Su impulso fue desbaratado, pero había actuado con pasión y no creía que eso pudiera estar mal en ciertas y contadas situaciones. Dejaría la pieza que compartía con su hermano, y haría todo lo necesario para acondicionar la pequeña habitación situada al final del selvático patio que le deba un punto final a aquella casa. Con seguridad le llevaría más tiempo del que vislumbraba en ese momento, estando ciego de emoción y de un compromiso férreo. Era lo más alejado a lo que él llamaba su "tipo de hábitat natural", pero pondría sus monedas, sus horas y su sudor en la tarea. Y así fue.Después de seis horas enseñando departamentos de segunda categoría a miradas desinteresadas que no dejaban de repetir que se sentían engañados por el aviso del diario, volvía en los destartalados colectivos con un almuerzo de pocos bocados entre sus manos, para llegar a aquella pieza del fondo que cada vez olía más a libros. Desterraría de sus hábitos a la ciclotímica computadora para siempre, y se refugiaría en la fiel máquina de escribir.
Y un día común y corriente, en una fecha cualquiera, todo estaba dispuesto para el encarcelamiento placentero; un lugar que fuera el incentivo para superar las jornadas laborales que transitaba como un muerto vivo; sería aquel seno para fantasías eternas y encarnizadas. Tanto recorrió allí dentro que el olvido fue recíproco, él purgó de sus venas el calor ficticio de la realidad, y el mundo que olvida pocas cosas, lo borró de sus anales. Se volvieron dos niños rencorosos, enemistados por sus abrumadoras diferencias y en poco tiempo fue notorio que jamás habría una reconciliación factible. Ese lazo de luz y sonido que los había unido por veinticuatro años padecía un desvanecimiento progresivo. Convencido de que era todo lo que quería, terminó con las últimas ideas que lo conectaban a lo mundano.
No transcurrió ni siquiera un segundo hasta que sus ideas se desplomaron a sus pies. Estaban muertas. Su cabeza en blanco. No había fantasía sin realidad, ni silencio sin sonido, ni oscuridad sin luz.

2008.