domingo, 20 de julio de 2008

Éxodo

Hacía ya treinta años desde que escuché por primera vez el acuerdo firmado por el presidente. El paso del tiempo, el olvido natural y la sucesión de cinco mandatos habían convertido aquella promesa en un rumor, semejante a un sonido del viento. Era un día caluroso de un verano remoto en el que jugaba a la pelota con mis compañeros de la escuela número 12, cuando mi abuelo me llamó desde un banco de la plaza y me anunció, con las mismas palabras del jefe de estado, el mensaje prepotente que torcía los destinos de un pueblo maderero: “La misma vida y la misma gente, en un ámbito moderno. Un esfuerzo por el bien y el futuro próspero de todos”. Mi abuelo tuvo que explicármelo más de una vez y de las mil maneras, porque semejante historia no era más que una fábula extravagante para un niño de seis años como yo lo era. Nos mudábamos, y no sólo mi familia, sino todo el pueblo; mis parientes, mis amigos, mis vecinos y hasta el intendente.
El presidente había firmado un acuerdo para la utilización y aprovechamiento de nuestro querido río. En esa época yo no entendía en qué más podría aprovecharse, que en largas tardes de baño y diversión, o en las noches de pesca que mi padre celebraba con mi tío, o en los viajes en velero con el abuelo de mi mejor amigo; pero en esos días escuché por primera vez las palabras “energía hidráulica”.
El gran proyecto que nos favorecía a todos era una enorme represa en uno de los saltos del río. Ésta abastecería a miles de personas con energía, pero llevaba a una cruel consecuencia para unos pocos, los míos: la inundación casi total de nuestro pueblo. El miedo que me invadió aquél día me estremeció el alma, pero se fue debilitando poco a poco con los avances inexistentes de aquél plan. De ser una noticia que estaba en la boca de todos en los días de mi infancia, pasó a convertirse en una anécdota irreal y cómica en mis noches de parranda adolescente.
Por supuesto seguí con una vida como cualquier otra, con una juventud pura, como se da en todo pequeño pueblo. Me enamoré, planifiqué mi vida a mi gusto, estudié en la gran ciudad, y volví a mis orígenes para casarme y tomar las riendas de la pequeña empresa que manejó mi padre y mucho antes mi abuelo.

Qué sensación de desolación y vacío, aquella noche que debería haber sido las más feliz de todas. Procuré abrir la puerta de mi casa sin provocar demasiado ruido porque mi esposa dormía. Sin embargo me la encontré parada frente a mi y radiante, con una noticia entre dientes:”¿Cómo le va, futuro papá?”. Y viendo mi cara de actor de segunda, que esbozaba una sonrisa pero con los ojos más tristes, preguntó sin vueltas. “¿Qué pasó?”. Me dolía el estómago, la cabeza, las piernas, y se me venía abajo el mundo al tener que darle la primicia en tan célebre día. Pero se lo escupí. “Nos inundan el pueblo amor, nos ahogan a todos”.
El nuevo pueblo, que empezaban a construir en unos días, estaría al otro lado del arroyo, a unos treinta minutos del cementerio, que era lo más lejano que uno podía llegar caminando desde el centro. Nos prometían casas modernas, amobladas, con cocina eléctrica y calefones de última tecnología. Además, ya había planos de edificios públicos de una arquitectura vanguardista. El falso regalo no halagó a nadie. Desde que se reabrió el proyecto y se decidió el comienzo de las obras mi mente, que intentaba vislumbrar mi destino frente al nuevo horizonte, se batía a duelo con un corazón, ya herido, que volvía al pasado cada dos por tres y no dejaba lugar para nuevas emociones, desconcertado ante su historia en ruinas.
La mañana en que conocí el nuevo hábitat de casas iguales y jardines desérticos, viví el éxodo como un hurto total de la identidad de cada uno. La casa que había moldeado con parsimonia, año tras año, conforme a mis gustos y elecciones, se convirtió en un mosaico más de una insulsa habitación.
Los lugares que materializaban mis recuerdos y eran un vehículo nostálgico del pasado en los días de melancolía, quedarían sepultados en las sucias aguas del progreso. Y aun más triste, mi hijo que venía en camino jamás vería las postales que mis ojos amaban.
La fatídica jornada que se nos anunció con tanta anticipación que se volvió una sorpresa, llegó una semana posterior al nacimiento de mi primogénito.
Éxodo y masacre. Cientos de muertes de los reinos animal y vegetal, y tal vez de algún feligrés que no quiso traicionar a la tierra que lo parió y murió ahogado en algún recoveco. El perecimiento de la primera mitad de la vida de todos. Porque ya fuéramos niños, adultos o ancianos, ese momento nos diseccionaba a cada uno de los lugareños.
Y mientras el valle histórico se llenaba de agua con nuestras lágrimas, la iglesia, la plaza, el barcito de la esquina, la estación de ferrocarril, y cada uno de nuestros cálidos hogares, se volvían difusos puntos en un monótono lago.


2008.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola igna!!! muy lindo el cuento... no habia leido nada tu tuyo... muy bueno, un poco triste la realidad `pero es asi...

bueno te deseo lo mejor cuidate y nos estamos viendo besotes!!!!
sos un tipo genial!!!!
valen...

Anónimo dijo...

excelente como siempre Igna.
Saludos.
Agus G.